"Su devoción fue
lo que lo alejó
de nosotros"
El vive a oscuras. No necesita la luz. ¿Para qué? No es como si tuviera que andar a tientas. Lo tiene a él.
La última vez que lo vi, estaba tirado, junto a un espejo roto, devorando con fervor todos los focos que pudo encontrar en su departamento. Cuando terminó, escupió verdad. En ese momento supe que lo había perdido. Lo mejor era salir de ahí sin despedirme, y seguir adelante. Cuando un hombre llega a encontrar la verdad, es porque ha perdido todo lo demás. Y no vale la pena vivir así.
Ahora gatea, anda a rastras; se escurre sin remedio y la alfombra de su habitación lo aprisiona sin que se de cuenta. En lo más profundo de su olvidado ser, él sabe que no tiene perdón. Por eso anda por ahí, con clavos enterrados en sus codos y sus muñecas y sus rodillas y sus tobillos; callando todas las bocas de su cuerpo.
El olor del incienso ha comenzado a nublar sus pensamientos. Incluso el recuerdo de las veladoras encandilan su tercer ojo. El único que le queda. De sus cuencas escurre un ácido verde y amargo; el sudor de sus ausentes pestañas. Hay quien llamaría a eso un milagro. Pero él sabe que es sólo dolor divino.
Ha dejado de alimentar su cuerpo, por eso su espíritu muere de hambre. Y junto a su espíritu, está su fe carcomida, y todo él muere también. Todo muere menos su devoción. El continua exprimiendo las heridas que escupen en la cara de su erróneo dogma. El sigue clavándose las uñas y tragándose la pus. Sigue a rastras; él sigue ahí. Porque él es devoto. Porque el cree. Pero creer también es dudar.
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